Cómo elegir bien tu código QR antes de imprimirlo
Un código QR es una imagen que guarda texto. Lo que pongas dentro es lo que abrirá el teléfono de quien lo escanee: una web, tu WiFi, tu ficha de contacto o un mensaje de WhatsApp ya escrito.
Hay una decisión que conviene tomar antes de generarlo, porque después no tiene arreglo: un código estático apunta directamente a la dirección que escribiste. Si mañana cambias esa dirección, todo lo que hayas impreso deja de funcionar.
La forma de protegerte es sencilla: haz que el QR apunte a una dirección tuya que puedas redirigir, y no a la dirección final. Así el papel impreso sigue sirviendo aunque el destino cambie.
La segunda decisión es el tamaño. La regla práctica es que un código se lee bien hasta una distancia de diez veces su lado impreso. Un QR de 3 cm se lee a 30 cm, que es lo que hay entre la mesa y el móvil del cliente. Para un cartel que se mira a tres metros necesitas 30 cm de lado.
La tercera es la longitud del contenido. Cuantos más caracteres metas, más denso queda el patrón y más pequeño es cada cuadradito. Un enlace corto imprime mucho mejor que uno lleno de parámetros de seguimiento.
El nivel de corrección de errores decide cuánto daño aguanta el código antes de dejar de leerse. El nivel L ocupa menos pero no perdona una mancha; el nivel H reconstruye el contenido aunque falte casi un tercio del dibujo, y es obligatorio si pones un logo en el centro o si vas a imprimirlo en relieve.
El contraste es el error más repetido. Un código gris claro sobre fondo beige queda precioso en la pantalla del diseñador y no lo lee ningún teléfono en la mesa de un bar con poca luz. Aquí verás un aviso en cuanto el contraste baje del umbral seguro.
Tampoco inviertas los colores: el código debe ser más oscuro que el fondo. Muchos lectores antiguos no saben leer un QR claro sobre fondo oscuro.
Respeta el margen blanco alrededor. Esa zona silenciosa de cuatro módulos es la que le dice al lector dónde empieza el código; si la recortas para que quepa en el diseño, el escaneo falla.
Para imprimir, descarga el SVG y no el PNG. El SVG es vectorial: se amplía a cualquier tamaño sin que aparezcan bordes borrosos, y es el formato que te pedirá cualquier imprenta.
Si el código va en la mesa de un local, añade el marco con texto. Una instrucción como MENÚ o DÉJANOS TU RESEÑA multiplica los escaneos reales frente a un cuadrado a secas, porque la gente necesita saber qué va a pasar antes de apuntar con la cámara.
La versión 3D es la que convierte un papel plastificado en un objeto que dura. El archivo 3MF sale con la base y el código en dos objetos separados, cada uno con su color asignado, así que el laminador ya sabe qué imprimir de cada material.
Si tu impresora tiene un solo extrusor, no necesitas nada especial: aquí te decimos la altura exacta en la que insertar la pausa de cambio de filamento para que el código salga de otro color.
Antes de dejarte descargar comprobamos dos cosas. Primero que el contraste es suficiente. Y segundo, que el código que acabamos de dibujar se lee de verdad: lo volvemos a decodificar y, si no se lee, te decimos por qué.
Esa comprobación también corre sobre el modelo 3D, mirando la pieza desde arriba, que es como la verá la cámara. Ninguna herramienta del mercado hace esto y es justo donde fallan los QR impresos en relieve.
Nada de lo que escribas se envía a ningún sitio. El código, la imagen y el modelo 3D se generan dentro de tu navegador, así que puedes meter la contraseña del WiFi o el teléfono de tu negocio sin pensártelo.
Tampoco hace falta registrarse ni hay marca de agua. Lo que descargas es tuyo y puedes usarlo comercialmente.
Si vas a generar muchos códigos iguales salvo por un número, como las mesas de un restaurante, imprime la hoja A4 con varias copias y líneas de corte en lugar de ir uno a uno.
Y si dudas del resultado, haz siempre la misma prueba antes de mandar 500 copias a imprenta: imprime uno en casa, al tamaño real, y escanéalo con un teléfono viejo y con poca luz.
Si pasa esa prueba, pasa cualquiera.