Coordenadas o dirección: cuál elegir
Con una dirección escrita, el mapa tiene que interpretarla. Normalmente acierta, pero en urbanizaciones nuevas, en calles con nombres repetidos o en zonas donde la numeración no es continua, deja a la persona a una cuadra o en el distrito equivocado.
Con coordenadas, el mapa va al punto exacto que le diste. No hay interpretación posible. Es la opción segura cuando el sitio es difícil de encontrar o cuando la entrada no está donde el mapa cree que está.
Conseguir tus coordenadas es sencillo: abre el mapa, mantén pulsado el punto exacto y aparecen dos números, la latitud y la longitud. Cópialos y pégalos aquí.
Ese gesto resuelve un problema muy común: la entrada real no coincide con el centro del edificio. Un almacén cuya puerta de carga está en la calle de atrás, un local dentro de una galería, una casa de campo a la que se llega por un desvío sin nombre.
Cuando pones coordenadas, conviene marcar el punto donde la persona tiene que detenerse, no el centro geométrico de la propiedad. Para un proveedor que llega en camión, la diferencia entre las dos cosas son veinte minutos de vueltas.
La dirección escrita tiene una ventaja que las coordenadas no: es legible para un humano. En un cartel, «Av. Larco 345» junto al código informa a quien no va a escanear. Lo mejor de los dos mundos es poner el código con coordenadas y el texto de la dirección al lado.
Este tipo de código usa un formato estándar llamado geo, que los dos sistemas entienden: en Android abre normalmente Google Maps y en iPhone, Apple Maps. Cada persona llega con la aplicación que ya usa, sin instalar nada.
Si te importa que todo el mundo abra Google Maps específicamente, hay otro camino: usar el tipo de código de enlace con la dirección web de tu ubicación en Maps. Es más largo y menos elegante, pero fuerza la aplicación.
Una aplicación que se olvida: la invitación. Un código en la tarjeta de una boda o un evento ahorra la conversación de «¿dónde queda?» repetida cuarenta veces, y evita que alguien llegue tarde por haber puesto mal el nombre del local.
Otra: la firma de correo de un negocio con atención presencial. Un código pequeño junto a la dirección convierte un dato que hay que copiar en un gesto de un segundo.
Y otra más, para quien tiene taller o depósito: el cartel en la puerta con la ubicación exacta de la entrada de carga. El repartidor que llega por primera vez y no encuentra la puerta es un problema que se resuelve con un código.
Sobre el soporte: si va a estar a la intemperie, el papel no aguanta. La lluvia, el sol y el viento acaban con un adhesivo en semanas. Este generador exporta el código como pieza 3D imprimible, y una placa de pared en dos colores resiste años a la intemperie.
El relieve además tiene una propiedad útil al aire libre: el contraste no depende de la tinta, sino de dos plásticos de colores distintos. No se descolora con el sol como un impreso.
Para carteles exteriores, calcula el tamaño por la distancia: el lado del código, aproximadamente la décima parte de la distancia desde la que se leerá. Un cartel en la fachada que se lee desde la acera de enfrente necesita ser bastante más grande de lo que la intuición sugiere.
Y la comprobación de siempre, que aquí tiene un paso extra: escanea el código y verifica que el punto que aparece en el mapa es el correcto, no solo que el código se lee. Un dígito mal copiado en la latitud te manda a otro distrito y el código funciona perfectamente.